COLUMNA MÚSICA : LOS BUENOS VIEJOS TIEMPOS DE LOS DISCOS

Por : Pablo Font Rojo.  Ilustración : Casco

El fin del siglo pasado y el inicio del nuevo milenio, musicalmente hablando, fue un punto de inflexión. La industria musical, con todo lo bueno y lo malo que representaba – quizás más lo último que lo primero-, tuvo un giro de 180°. El concepto de “disco” como lo conocíamos hasta entonces (independiente del formato) con su arte, producción, cohesión de canciones y como reflejo de una época y momento específico de la banda, fue mutando. Ya un “Pet Sounds” (1966) de The Beach Boys, un “The Dark Side of the Moon” (1973) de Pink Floyd, un “Disintegration” (1989) de The Cure, un “Corazones” (1990) de Los Prisioneros, un “Loveless” (1991) de My Bloody Valentine, un “OK Computer” (1997) de Radiohead, un “Fome” (1997) de Los Tres u otros de miles de notables ejemplos serían cosas del pasado. 

Lo mismo pasó con los sellos discográficos que si bien no desaparecieron por completo, perdieron el poder de industria que tuvieron en algún minuto, dando pie a pequeños sellos que se mantienen y aún dan batalla casi como negocio de amigos y familias. Igualmente que las giras y conciertos mutaron a estos mega festivales, donde la verdadera recaudación para los artistas ya no son las ventas de discos si no que las entradas para el show en vivo. Y el gran culpable de todo aquello fue internet. La posibilidad de “bajar” música gracias a programas como Napster, Ares o Soulseek era algo alucinante. Recuerdo que por el año 2000, un amigo de mi hermano tenía en su casa un computador con grabador de CD. Fue todo un acontecimiento. Hicimos una lista con temas para poder bajar y grabarlas como compilado en un CD. Luego, fue una lista con discos; y posteriormente, una lista con discografías completas por cada banda o solista. Ahora toda la música cabía en un reproductor de MP3 y en poco tiempo, los personal estéreo y los discmans quedarían en el olvido. 

Por otro lado, la forma de hacer música y darse a conocer al mundo para bandas y solistas, también cambió. Bastaba sólo con grabar material de la forma más casera posible y subirlas a plataformas como MySpace, Youtube, Bandcamp o Soundcloud. Muchos de las actuales figuras musicales que conocemos hoy como los Artic Monkeys o incluso nuestra Javiera Mena se hicieron conocidos así antes de tener un disco como carta de presentación. Simplemente porque ya no era necesario. En todo caso, aquello fue una gran ayuda para las bandas y solistas emergentes “sin sello” que habitaban por ahí. Ahora sólo bastaba grabar un buen single o sencillo para subir a Spotify y tener muchos “likes” para tener un público y hacerse famoso. Para los más románticos del asunto -del cual me incluyo- se perdió ya la magia. Ahora todo es más desechable. Afortunadamente todavía quedan algunos que no pierden la esencia de hacer buenos discos en este milenio. Ejemplos como “Talkie Walkie” (2004) de Air, “Let England Shake” (2011) de PJ Harvey, “Random Access Memories” (2013) de Daft Punk o “Hasta la Raíz” (2014) de Natalia Lafourcade son joyas de discos que pasarán a la historia, pero también porque son de artistas que vienen con el chip del disco como concepto musical. Otro factor que ayuda mucho para los enamorados de los discos, es el regreso del vinilo. Más allá de la moda hípster, gracias a ello se han podido rescatar discos icónicos como les comentados anteriormente, donde se aprecian todas sus características musicales y artísticas. Recuerdo que en los primeros años del milenio, como una campaña de la industria, los sellos y las sociedades de autor, se decía que la piratería mataría la música; pero finalmente, fue internet. Aunque siendo justos, no la mató, sólo la transformó a la fuerza, ya sea para bien o para mal. Cada uno puede sacar sus propias conclusiones.

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Carolina Alday: